Barcelona es puerto mediterráneo. Por el mar ha llegado casi todo. Durante siglos. Incluidos los cruceros mastodónticos con turistas que suben las Ramblas en busca de sangría, paella y camisetas del Barça.
El modernismo y las grandes obras olímpicas marcaron el aspecto de una Barcelona exuberante, sorprendente y un poco exhibicionista en la que todo está a la vista y listo para ser disfrutado. Pero la capital acumula muchas otras capas que muestran una cara más delicada, tímida y recogida. La Barcelona que te proponemos juega a la discreción y no siempre es fácil de encontrar. La mayoría de las veces, se esconde tras alguna puerta o algún muro. Te invitamos a recorrer una ciudad interior que maneja con gracia lo culto con lo popular y sabe cómo sorprender. Descubrirla exige un esfuerzo pero, sin duda, vale la pena.
Vamos arrancando que hay mucho por ver.

Unas escaleras: Edificio Colón
(Avenida Drassanes, 6)
El futuro era esto. La Torre Colón (Anglada, Ribas y Gelabert) se eleva desde 1971 con sus 110 metros como un faro de hormigón junto al puerto. Amado y odiado según a quién preguntes, nosotros sentimos debilidad por este gigante que va girando sutilmente sobre su eje y se torsiona en cada planta. Hay muchas cosas que nos gustan de él, sobre todo sus escaleras.
La de emergencia recorre todo el exterior como una serpentina pero la auténtica joya está en el interior: en el hall, un par de escaleras imponentes nos dejan sin palabras siempre que las vemos. Los escalones blancos tienen algo de osamenta de animal extinguido y giran sobre si mismos, como lo hace el propio edificio.
Cada pieza evoca las cuadernas de los galeones que se construían en las Atarazanas, la inmensa nave gótica (hoy Museo Marítimo) que hay al otro lado de la calle. Todo encaja.

Un vestíbulo: Cavallers 76
Conseguir el vestíbulo perfecto fue durante décadas una verdadera obsesión en esta ciudad. Los años 60 y 70 dejaron espacios que siguen impresionando hoy día con murales, cerámicas, luminarias y mobiliario originales.
En el podium de vestíbulos condales siempre estarán los diseñados por Moragas (por ejemplo, el de Via Augusta 128), la sobriedad con escalera de caracol de Mitjans en el Edificio Tokio (Avenida de Pedralbes 57) o la filigrana art-decó minimalista de Bofill (Johann Sebastian Bach, 4).
Sin embargo el que más nos emociona está en un edificio de Bonet Castellana (Cavallers, 76) clavado sobre elegantes pilares de hormigón que parecen flotar como origami. En el interior, materiales desnudos, formas puras y un mural espectacular pintado sobre madera tallada de Augusto Torres (hijo del artista uruguayo Joaquín Torres García).

Un museo concentrado: Capilla de San Miguel
(Baixada del Monestir, 9)
Un viaje al trecento italiano sin moverse de Barcelona. Atravesar la minúscula puerta de esta capilla es un viaje espacio-temporal completo. Afuera, la piedra austera del claustro del monasterio de Pedralbes. Dentro, un espectacular conjunto de frescos que narra escenas de la Pasión de Cristo, de la vida de la Virgen y una curiosa colección de santos. La capilla, pintada por Ferrer Bassa en 1346, se crea como oratorio personal de la abadesa pero con el tiempo, pasa a ser usada como archivo y, años más tarde, como guardarropa del monasterio. Olvidadas y escondidas tras pesados armarios, las pinturas se redescubren en el siglo XIX y han sido restauradas recientemente.
¿Más ganas de Italia? Apenas a cinco minutos está el Santuario de Santa María de Reina (Miret i Sans, 36), levantado por Rubió Tudurí entre 1922 y 1936 en estilo neorrenacentista. Rodeado de pinos y cipreses el conjunto homenajea la arquitectura clásica de Brunelleschi. El conjunto es un frankenstein con gracia que mezcla la Capilla Pazzi (en la iglesia), con una cúpula que recuerda al baptisterio de San Giovanni de Florencia y se remata con un campanario inspirado en el Campanile de Venecia.

Un viaje inesperado: antigua sede del Banco de Vizcaya
(Plaza de Cataluña, 5)
Un tesoro escondido que muy pocos ven. Confía en nosotros, entra en la tienda Zara de Plaza Cataluña y olvídate de usar los ascensores. Busca la antigua escalera y disfruta del espectáculo mientras haces piernas.
El edificio, inaugurado en 1931 como sede del Banco de Vizcaya es hoy bastante más luminoso y, por qué no decirlo, anodino, debido a la reforma que lo convirtió en tienda. Sigue impresionando la enorme cúpula facetada de cristal pero no tanto como los murales de Miquel Farré i Albagés que cubren la caja de escalera desde 1952. Cuatro plantas a todo color en las que se representa la fundación del banco, la Industria, la Agricultura y el Comercio internacional.
Cargueros, pozos petrolíferos, camellos, elefantes, plantaciones de algodón, rascacielos… Todo cabe en esta escalera. ¡Ay, ese avión que sobrevuela las cuatro plantas!

Un teatro olvidado: Taller Masriera
(Bailén, 70)
¿Qué hace un templo clásico en medio de la cuadrícula de edificios del Ensanche barcelonés? Es el antiguo Taller Masriera, escondido tras un jardín descuidado por el que asoman sus columnas estriadas, sus capiteles corintios y un frontón que nos lleva a la vieja Roma. Erigido en 1882 por Josep Vilaseca como un templo dedicado a las Artes, el conjunto está inspirado en los restos del templo romano de Augusto, del que aún se pueden ver algunos restos en un patio junto a la catedral (Paradis, 10).
Inicialmente el edificio era el estudio de los artistas Josep y Francesc Masriera, que trabajaban con cuadros y esculturas de gran formato. En 1933, Lluis Masriera instala su prestigioso taller de orfebrería y transforma la parte central en un teatro: Studium. La sala parece congelada en el tiempo, con su patio de butacas intacto y el friso de pinturas de Masriera. García Lorca hizo la primera lectura de ‘Doña Rosita la soltera’ sobre las tablas del escenario en 1935. También fue utilizado como cine y sala de conciertos y conferencias.

Un arquitecto: Mario Catalán Nebot
Barcelona es una ciudad de arquitectos brillantes y reconocidos. La lista de los que han dado forma a sus calles es larga. Los nombres principales y sus obras están en cualquier guía, pero aquí hemos venido a otra cosa. ¿O no?
Nuestro hombre es Mario Catalán Nebot, un arquitecto prácticamente desconocido y con una carrera muy corta (murió joven) que llama la atención por su estética pop y su afán de crear fachadas con aberturas, formas y ritmos muy personales. Algunas de ellas, han sido elegidas a menudo como ejemplos de fealdad absoluta. A nosotros, nos enternecen todas: por psicodélicas, por valientes y por outsiders en una ciudad en la que prima lo racional.
Toma nota: San Antonio María Claret, 110 / Valencia, 384 / Vilamarí, 81 / Mariano Cubí, 81

Una catedral (o mejor dos): Depósito del Rey Martí y Depósito de Aguas
El agua en Barcelona siempre ha sido bien escaso y muy preciado. En el clima mediterráneo llueve poco pero intensamente y los depósitos destinados a recoger y administrar el agua salpican la ciudad desde hace siglos. De entre todos, hay dos que destacan especialmente por su belleza y su monumentalidad. Dos auténticas catedrales del agua.
El Depósito del Rey Martí (Bellesguard, 14) se descubrió de forma accidental en 2001 en el transcurso de unas obras en la finca Bellesguard, obra de Antonio Gaudí. Una sala subterránea de 600 m2 con bóvedas de volta catalana y pilares unidos por arcos que ha sido rehabilitada como sala polivalente.
El faraónico Depósito de las Aguas (Ramón Trias Fargas, 26), de 1876, almacenaba en el tejado el agua de riego del cercano Parque de la Ciudadela. Un bosque de arcos de 14 metros de altura que se repiten en paralelo creando un espacio mágico, casi irreal. También Gaudí intervino aquí en los complejos cálculos de la estructura del edificio que debía soportar el peso descomunal de 13 mil toneladas de agua. Embalsar la lluvia en el tejado en vez de en el interior del edificio era esencial puesto que se usaba la fuerza de la gravedad para asegurar el buen funcionamiento de la cascada monumental que aún puede verse en el parque. Actualmente, el edificio ha sido rehabilitado como una de las bibliotecas más bellas de la ciudad. Y sí, en el tejado sigue habiendo agua (aunque se ha reducido la profundidad) y algunas carpas.

Un jardín: Laberinto de Horta
(Passeig dels Castanyers, 1)
Si sólo pudiéramos elegir un jardín de Barcelona, no tenemos duda: nos quedamos con el del Laberinto de Horta. Alejado de las rutas turísticas y eclipsado por el cercano Parque Guell, este jardín de jardines es el más antiguo que se conserva en la ciudad. Escondido en las laderas de la sierra de Collserola, nació neoclásico de la mano del italiano Domenico Bagutti en 1794 y terminó siendo romántico en el siglo XIX. El Amor protagoniza el espacio principal del laberinto vegetal creado con cipreses. Los templetes de Ariadna y Danae enmarcan el Belvedere desde el que puedes observar el laberinto desde arriba e intentar memorizar el camino de salida.
Pinos, encinas, laureles, robles y tejos conviven con cedros del Himalaya, secuoyas, camelias, helechos y todo tipo de plantas mediterráneas. Agreste y decadente, el conjunto tiene todos los elementos necesarios para enamorar: templetes, grutas, cascadas, estanques, canales, un palacete de inspiración árabe, una villa de aires palladianos…
Si el jardín neoclásico celebraba el amor, el romántico ensalzaba la fragilidad de la vida y la muerte. Más oscuro, exótico y misterioso este incluye una puerta monumental a un jardín oriental desaparecido, una cabaña de madera en la que había el autómata de un ermitaño o un falso cementerio del que aún quedan algunos restos.
¿Y si hacemos combo jardinero? Justo al lado tenéis el del Palau de les Heures, espectacular y desconocido incluso por muchos barceloneses.

Dos espirales místicas: Clínica Barraquer y Park Hotel
(Muntaner 314 / Avenida Marqués de l’Argentera, 11)
Racionalismo, art-decó, expresionismo alemán y motivos egipcios. Estos son los ingredientes con los que Lloret Homs creó en 1941 uno de los espacios más brillantes y desconocidos de Barcelona: la Clínica Oftalmológica Barraquer. La escalera en espiral que recorre todas las plantas del hospital es hipnótica, como el ojo de Vértigo, de Hitchcock.
Diez años más tarde, Moragas haría uso de la espiral en la escalera del Park Hotel. Ligera, casi aérea, con rectas que no llegan a ser curvas y curvas que no llegan a ser rectas. Equilibrio y belleza total.